Zen

En el budismo no hay un Dios; o puede haber un Dios pero no es lo esencial. Lo esencial es que creamos que nuestro destino ha sido prefijado por nuestro karma o karman. Si me ha tocado nacer en Buenos Aires en 1899, si me ha tocado ser ciego, si me ha tocado estar pronunciando esta noche esta conferencia ante ustedes, todo esto es obra de mi vida anterior. No hay un solo hecho de mi vida que no haya sido prefijado por mi vida anterior. Eso es lo que se llama el karma. El karma, ya lo he dicho, viene a ser una estructura mental, una finísima estructura mental.

J.L.Borges.

Mierda, se me adelantó la nostalgia de otoño; me vino a la mente el inicio del bloque, y con ella el recuerdo de esos mundos perdidos a los que no conviene rendir culto más que en algunos atardeceres de Junio.

Ojalá la próxima vida sea tan buena como esta.

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Tras el rastro de Menudencio, diez años después

 

Del baúl de los recuerdos:

Menudencio Minucio. El hombre y el mito.

Relato gandor del Primer Premio del Concurso Literario, de la Facultad de Arquitectura, año 2004.

Tras el rastro de Menudencio, diez años después.

Nada hace dudar más de la Historia que el ritmo vertiginoso del tiempo real. El relato que sigue corresponde a un tiempo de tránsito, a un tiempo bisagra, lleno de profundos cambios y transformaciones. Ocurre durante una brecha tecnológica donde la fotografía digital era incipiente y aun existían defensores acérrimos de la fotografía en papel; un tiempo en que apenas habían lanzado el MSN Messenger, y por supuesto no existían Facebook, YouTube, los blogs o la Wikipedia; en definitiva, una brecha entre la adolescencia tardía y la adultez de toda nuestra generación.

La historia de Menudencio es tributaria de “El libro de arena” de Borges, de “El ángel gris” de Dolina,  y por supuesto, del Memorioso Funes; pero también de una época en que proliferaban los cibercafés, y decir “voy a Hotmail” era sinónimo de dirigirse a uno. No existía aun Gmail, o Flickr, y los respaldos informáticos se hacían en disquetes o eventualmente en cd; y las cuentas de correo electrónico, por su parte, tenían un tope máximo de dos megas (menos del 0.05% de lo que ofrece hoy un proveedor gratuito).

Tal vez por eso, el valor intrínseco de esta historia radique en resaltar el valor testimonial en un tiempo en que las tecnologías documentales eran precarias, y los registros de viaje dependían mucho más de la voluntad y del temperamento, que de las facilidades del entorno.

Corresponde también decir, que la historia que sigue no es una creación individual, sino de varias personas, que sabiéndolo o no, aportaron sus granitos de arena para que este  relato viera la luz. Quien lo firma es apenas un recopilador y amanuense de memorias lejanas.

Nada hace dudar más de la Historia que el ritmo vertiginoso del tiempo real. Diez años no es mucho tiempo. Sin embargo, es suficiente para legitimar un mito. La historia de Menudencio es un homenaje a la voluntad del protagonista, y al rescate de su inmenso trabajo. Pero por sobre todas las cosas, este relato es un homenaje a todos los que viajaron, y a los que viajarán.

 

Prado, Julio de 2012.

 

 

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Concurso Literario 2012 | Primer premio

Among the living dead. Un réquiem en las aguas del Ganges.

Relato presentado al Concurso Literario de la Facultad de Arquitectura, año 2012. Primer premio.

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Andorra: el ultimo destino

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26L | Fasten seat belts (II)

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The Writer’s Journey o el inicio del desenlace.

(Tiempo de lectura: 60 segundos).

 

El 7 de Junio fue el inicio del periplo. El 7 de Agosto, la despedida. Sin embargo, todo ciclo que se cierra vuelve a abrirse. Los posts de viaje se convirtieron en apuntes a la distancia, y a partir de hoy, 7 de Noviembre, éstos se trocarán una vez más por hojas de bitácora en tiempo real.

Por ciertas circunstancias de la vida, me ha tocado nuevamente incorporarme a la aventura del viaje. El ciclo que creía cerrado se reinicia en una nueva fase, que no es otra que la del desenlace, la llegada al destino fijado, el viaje final. Este desenlace, en tanto que punto cúlmine de la aventura, es a la vez el momento más buscado y más temido por todos los viajeros. Representa el cénit, la prueba de la misión cumplida, y la miel del éxito, pero al mismo tiempo, el sabor agridulce del regreso.

Todo ciclo que se cierra vuelve a abrirse. En otro espacio-tiempo, en otro nivel. Lo esencial acerca de este desenlace será mantener el espíritu que le dio origen; procurar que las líneas de acción que nos condujeron a él se mantengan intactas y vivas. Para poder así, en base a ellas, renovar el ciclo una y otra vez; y en definitiva, retornar eternamente.

Tenemos la llave, la iluminación. Y con ella la aventura revivirá, tantas veces como el tiempo nos permita.

 

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Apuntes a la distancia… (III) – “In hoc signo vinces”.

“ἐν τούτῳ νίκα”

(Tiempo de lectura: 90 segundos).

Nadie lo vio subir, en la noche cerrada, a la cima de la colina del norte. Bajo la luz tenue de las estrellas, se sentó con la humildad de un vasallo, a contemplar desde las alturas el campamento de hombres que lo acompañaba a través de la Via Flaminia, rumbo a Roma. No podía evitar sentir ansiedad, anhelo, y por supuesto, temor. Pero era un hijo de Roma. Un elegido. Y debía mostrar y demostrar serenidad y aplomo ante la tropa, que lo veneraba y lo respetaba, como solo se respeta a un líder.

La barba comenzaba a picarle en la cara, ya incipiente otra vez, después de varios días sin afeitarse. Sentía cosquilleos en el estómago, y las heridas del cuerpo, producto del trajín de la marcha, le daban irregulares punzadas de dolor físico, que no superaba el dolor del alma: tenía a su cargo el destino del mundo. Si asediaba a su enemigo, perdería por cansancio. Pero si lo enfrentaba en el campo de batalla, tenía serias probabilidades de vencer, y acceder al poder como único soberano de Roma.

Tenía entonces cuarenta años. La juventud no había sido sino un aliciente para llegar al poder, y demostrar su talento y su arte para gobernar. Sin embargo, el devenir del tiempo no había templado más que una imagen exterior. Por dentro, seguía siendo un ser humano más, que esa noche fría de otoño, se enfrentaba otra vez, cara a cara con el miedo.

Hundió sus manos en el fango y miró las estrellas. Con la angustia del condenado, pidió una señal, un indicio, un veredicto de las alturas. Y allí, encima de su cabeza, y más allá del alcance de los hombres y los pájaros, tuvo su ansiada recompensa. Con los ojos cerrados -o abiertos, da igual- visualizó y soñó al mismo tiempo la imagen de la victoria. Los astros le dieron la forma del crismón, y le marcaron la ruta. “Con este signo vencerás”. Las palabras resonaron con eco marcial por horas que fueron tal vez segundos, y el nombre de Jesús el Cristo se fijó para siempre en su mente en forma de monograma.

El miedo desapareció. El recuerdo de las carnes laceradas en batalla, de los cuerpos mutilados, de las aldeas incendiadas, fue sustituido por el ferviente anhelo de vencer. El Cristo estaba con él. Se irguió con la frente en alto y miró al cielo. Sus pies se hundían en el fango sagrado de la colina, pero ahora la seguridad de la victoria daba sentido nuevamente a su vida.

En ese instante, Constantino supo que al día siguiente enfrentaría a Majencio a las puertas de Roma, en el puente Milvio, y no podría sino salir airoso de la contienda. Tenía su señal, y en ella confiaría para vencer. Luego de eso, era conciente de haber contraído una nueva misión: difundiría la palabra del Cristo por todos los confines del imperio, y lograría con ella la unidad de los pueblos.

Así me figuro que sucedió la historia, con todas las licencias literarias que se puede permitir quien imagina o visualiza un hecho histórico del que no hay más pruebas que algunos pocos relatos que han pervivido hasta la actualidad. Mientras veo la imagen de Constantino I en Hagia Sofía en Estambul, no puedo evitar pensar en los hechos que se desencadenaron después, la persecución a los cultos paganos, la clausura de las escuelas mistéricas o la confiscación de los bienes de los templos no cristianos. Y por supuesto, las atrocidades fundamentalistas que vendrían siglos más tarde. La batalla del puente Milvio, sin dudas marcaría un rumbo en la historia de Occidente.

Alguien me llama. Es ya la hora de encontrarnos en la puerta de Hagia Sofía, y proseguir el itinerario del día. Constantino, santificado por la iglesia ortodoxa, permanece allí, mirando con aire entre sereno, desde su mosaico. Propio de quien ha logrado transcurrir la vida, y ver en ella su obra cristalizada.

 

(Imagen: Interior de Hagia Sofía, Estambul).

 

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Apuntes a la distancia… (II) – “Tintas chinas”.

 

(Tiempo de lectura: 180 segundos).

 

“Indiferente es para mi por dónde empiece, pues allí retornaré de nuevo”.

Proemio, fragmento quinto. Parménides, siglo V a.C.

 

Era un día soleado. Probablemente el más soleado de toda nuestra estadía en Beijing. Sin embargo, el persistente smog, filtro ubicuo de las grandes urbes de la China milenaria, nos impedía ver el sol. Esa mañana salimos del Zhaolong Hostel bien temprano, como de costumbre, rumbo a la histórica plaza de Tiananmen.

Era el último día en Beijing. Nos despedíamos sin mucha parsimonia de una ciudad tan extensa como sucia; tan monumental como contaminada; tan poblada como ruda. La moral venía baja en el grupo. Beijing es una ciudad violenta. La amabilidad definitivamente no es característica de esa sociedad, y nos había quedado bien claro. Como corolario, el Zhaolong Hostel era un reducto de suciedad, hacinamiento y maltrato generalizado, hecho que sin dudas repercutía en la percepción de todos los viajeros de la naturaleza cultural de Beijing, y por extensión, de toda China.

Sin embargo, esa tarde, al volver por la Jhinguomen Rd, ya habiendo dejado atrás el Mercado de la Seda, ocurrió algo por lo menos curioso. Mientras caminábamos a paso lento, para esperar a los rezagados, una voz femenina nos gritó algo, en inglés. No éramos demasiados, creo que apenas un grupo de unas diez o doce personas. Los demás habían quedado en el Silk Market, aprendiendo y desarrollando las artes del regateo y el violento ritual de la compraventa en China. Pero los que estábamos, inmediatamente paramos la marcha.

La voz, que tomó cuerpo en la figura de una chica de edad imprecisa, nos preguntó amablemente si éramos un grupo de estudiantes. La respuesta fue, por supuesto, afirmativa, y luego de unos instantes de charla banal, agradecí el cumplido de que parecía uno más del grupo. Habíamos dado con la primer persona amable de China.

Apple -así dijo que se traducía su complicado nombre- se nos presentó como estudiante de arte, escultora y pintora. Debió ser la primer y acaso la única sonrisa desinteresada que vimos en Beijing. Y por primera vez, tuvimos la sensación de que alguien interactuaba con nosotros sin la intención de vendernos algo.

La seguimos hasta una torre de oficinas, donde nos dijo que estaba su obra. Nos invitó a subir, y a conocer a su Maestra(*). Al principio con cierta natural desconfianza, y luego con serena convicción, seguimos a Apple, quien estaba decidida a mostrarnos que no todos los chinos eran la gente ruda y hostil que nosotros creíamos.

Subimos hasta la oficina, donde nos presentó a su Maestra, una señora ostensiblemente mayor que Apple, pero también, como casi todos los chinos, de edad inestimable. La Maestra nos recibió con naturalidad, aunque sus gestos fueron mucho menos ostentosos que los de Apple, quien se deshacía en simpatía. Ojo, no quiero decir con esto que su amabilidad fuese forzada o sobreactuada. Podía percibirse que la hospitalidad, buen humor y afabilidad de Apple eran genuinas. Simplemente, al ser cualidades tan notorias, contrastaban -positivamente, claro- con las del resto de las personas.

Desde la oficina, ubicada en el piso 22 de la torre, podía apreciarse el CCTV de Koolhaas, al que habíamos podido ver apenas desde un vallado, un par de días antes. Solo eso hubiera bastado para justificar nuestra estadía allí. No obstante, pudimos además apreciar el trabajo realizado por los estudiantes chinos de arte, del que Apple fue entusiasta y locuaz guía, explicándonos la semántica de los motivos elegidos en cada trabajo.

Mientras tanto, la Maestra, nos obsequió a cada uno de nosotros con una grafía de nuestros nombres en chino, que fue elaborando al tiempo que nos explicaba el significado y la importancia de los nombres en su país.

Nos contamos nuestras respectivas historias. La de ellas, sin dudas, era muy interesante: eran parte de una Universidad y estaban juntando fondos para trasladarse a Oslo a hacer una exposición de arte chino. La nuestra, como de costumbre, opaca a cualquier otra, tanto por desmesurada como por inverosímil. Al decir que doscientos estudiantes de una Universidad pública dan la vuelta al mundo todos los años con fondos autogenerados, suelen pasar dos cosas: o la gente se asombra y se maravilla, o perdermos por completo la credibilidad. Por suerte, en este caso ocurrió lo primero.

La visita transcurrió tan amistosa como empezó. Intercambiamos fotos, anécdotas, comentarios, y contemplamos la obra de los artistas chinos (y de reojo la de Koolhaas, por la ventana). Finalmente, la Maestra, que no pudo contener una cualidad esencial de la idiosincrasia china, nos intentó vender una obra de su autoría.

Ajá! Por acá venía todo, pensamos algunos. Y acto seguido, explicamos que volvíamos del Silk Market, ya sin dinero, pues ese era nuestro último día en la ciudad. La Maestra nos reprendió, con cierta justicia, por preferir comprar baratijas de imitación antes que contribuir con el arte chino. Y aunque sabíamos que tenía toda la razón del mundo, nosotos no teníamos más yuanes. Fue entonces cuando le sugerí a la Maestra que podíamos llevar, entre todos, un solo pergamino, para obsequiárselo al Decano de nuestra Facultad. Eso pareció conformarla, y juntamos los pocos yuanes que quedaban, para llegar a doscientos.

Pasando por alto todas las reglas de la jerarquía, preferimos adquirir una de las más modestas obras de Apple, en vez de las elaboradas pinturas de la Maestra. Ella intentó por todos los medios que reconsideráramos esa opción, pero no era un tema a negociar. Y finalmente, luego de haber pagado y contribuido con la noble causa de los estudiantes chinos de arte, nos despedimos de la Maestra, agradeciendo la hospitalidad brindada y las grafías onomásticas que nos había obsequiado.

Apple bajó con nosotros, en el ascensor. Nos acompañó hasta la esquina de la torre, y nos despidió no sin antes dejarme su número del teléfono escrito en un cartoncito rectangular. Fue la última vez que la vimos, y se despidió con la misma sonrisa con la que nos había recibido.

Me tocó ser el portador del pergamino de Apple; el que sería, según prometimos “a present for our Dean”. Luego de Beijing, catorce vuelos más me separarían del retorno a Montevideo, y con él, de la entrega en mano del obsequio adquirido. En todos los vuelos me esmeré por cuidar el pergamino, envolviéndolo y protegiéndolo de los avatares naturales del viaje.

Sin embargo, producto del calor de los Emiratos, de la humedad de Bangkok o de los rigores de Egipto, la tinta negra del pergamino se corrió, y se borró parcialmente.

Aun lo tengo conmigo, a la espera del retorno de todos quienes estábamos presentes esa tarde de Beijing, para poner una rúbrica en él y entregarlo a la Facultad.

Sin embargo, una parte de él está borrada; como se borran las tintas chinas, y los recuerdos de las historias que les dan origen. Escribirlas es un modo de hacer que las tintas se fijen nuevamente, si no en los pergaminos, en la memoria de todos aquellos que fuimos parte de ellas. De hacer que las trazas dibujadas en el papel se fijen en la memoria colectiva, y no se decoloren o se pierdan, como la tinta endeble del cartoncito rectangular que aún conservo, con un número de teléfono que nunca disqué.

 

(*) La palabra que usó fue “master”, y no “teacher” o “professor”. Es correcto, creo, traducir como “maestra”, dejando de lado cualquier otra consideración jerárquica tanto laboral como organizativa, que visto el trato entre ambas aparecería como inconsistente.

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Apuntes a la distancia… (I) – “El Plan B”

(Tiempo de lectura: 240 segundos)

El 11 de julio llegamos a la ciudad de El Cairo, luego de un vuelo corto proveniente de Dubai. La temperatura no era tan hostil como en los Emiratos, pero de todos modos se hacía sentir, siempre por encima de los cuarenta y dos o cuarenta y tres grados. El calor espeso, el sol abrasador, y la sequedad en las gargantas marcaban una de las constantes de Egipto en esa época del año.

Apenas llegamos al aeropuerto comenzó la división. El “grupo verde oficial”, conformado por no más de treinta personas, debía abordar uno de los ómnibus que esperaban afuera. Y así lo hicimos, ordenadamente y en silencio. Acomodando equipajes, buscando un lugar en el ómnibus, sin percatarnos de que no íbamos a poder despedirnos del resto. Los demás, por su parte, al ser un grupo más numeroso y tener un destino distinto, enfilaron en otra dirección, siguiendo a diferentes guías.

Así fue como llegamos a la ciudad de El Cairo; una ciudad efervescente, bulliciosa, vestida tanto de revolución cuanto de desorden; sumida en el orgullo de haber derrotado a una tiranía y al mismo tiempo en la incertidumbre de la crisis social.

Sin pasar siquiera por el hotel, fuimos al Museo Nacional, frente a la plaza El Tahrir, emblema máximo de la revolución de febrero. El ambiente no denotaba problemas; no difería demasiado de aquel que conocí nueve años atrás. Sin embargo, algo enrarecido podía adivinarse. Lo que no podíamos era determinar qué.

Paseé por El Tahrir mientras los muchachos del grupo terminaban de recorrer el Museo. Al hacerlo, dialogué con algunos egipcios, que estaban acampados en la plaza. “We are supporting the Revolution”, me dice uno, muy orgulloso, al tiempo que su compañero pisotea un afiche con la cara de Mubarak, y lanza -infiero- varios insultos en árabe. Empiezo a decir que soy de Uruguay, y a recitar el santo y seña: “a small country between Argentina and…” pero uno de ellos me corta. “Tourist are welcome”, me dice, amable. Bien. Mejor así, me digo. Sin embargo, algo seguía pareciendo extraño.

Esa tarde, luego de almorzar, y de escuchar las advertencias del guía local respecto a la poca seguridad en las calles, coordinamos para visitar la Mezquita de Alabastro, y el Mercado de Jan Al-Jalili. Tal vez con excesiva audacia -o inconciencia-, nos subimos al “taxi” de Muhammed, una Land Rover destartalada que demoró más de una hora para llegar a un destino a apenas unos quilómetros del hotel. Y es que el tránsito en El Cairo es denso, agobiante, muy lento, casi estático. El calor no ceja en las noches, y los insectos se hacen sentir, sobre todo los mosquitos.

Muhammed resultó ser un tipo macanudo. Con sus más de cincuenta años, era ya abuelo y estaba muy interesado en conocer la forma de vida de un país tan distinto como el nuestro. Su inglés no era perfecto, pero sí claro, y podía hacerse entender. Al igual que los otros, estaba tan orgulloso de la revolución como inseguro acerca del porvenir. Esa noche del 11 de julio, vimos la Mezquita de Alabastro por la noche, maravilla que repetiríamos la mañana siguiente, y acto seguido recorrimos el mercado. Hacia la medianoche volvimos al hotel. Al día siguiente visitaríamos las Pirámides de Giza, y por la noche tomaríamos el tren que nos llevaría a Luxor.

Al menos ese era el plan original. Un plan que nunca se cumplió.

La tarde del 12 de julio, luego de haber visitado las pirámides y haber hecho el check out correspondiente en el hotel, nos dispusimos a trasladarnos a la terminal de trenes. De allí partiría, a las 8 de la noche, el tren que nos llevaría a Luxor. Sin embargo, los hechos serían distintos a lo planeado, y por motivos tan inesperados como terribles.

Las 8 de la noche llegaron y la estación bullía de gente. Otros trenes pasaron, y atiborrados de seres humanos y equipajes partieron con rumbo desconocido. Nuestro tren no llegaba. Preguntamos, indagamos, pero no había respuestas. La estación siguió poblándose de gente, en un ambiente cada vez más enrarecido, más denso. Algo en el clima social estaba mal y no podíamos comprenderlo. De pronto, un grupo de egipcios comenzó a agredir a un viejo que estaba allí, y otros se sumaron a la trifulca. Unos pocos policías intentaron destrabar la pelea, y lo lograron apenas en parte. Rostros enjutos nos miraban desafiantes. No éramos de allí, no pertenecíamos a ese lugar. No éramos más que voyeurs.

El tiempo pasó y con él la desesperación del grupo fue cobrando fuerza y volumen. Sin embargo, no podíamos sino esperar. Esperar un tren que -todavía no lo sabíamos- jamás pasaría. No fue sino hasta pasadas las 10, que nos enteramos que algo había ocurrido en la estación Ramsés, y que los empleados del tren estaban haciendo un paro. Pero, insistían, el tren iba a pasar. Y entonces esperamos, y seguimos esperando. No teníamos plan B. No podíamos volver al hotel. No teníamos hotel.

Un rato más tarde, la información se fue filtrando de a poco. Habían matado una persona en la estación Ramsés. Los empleados estaban de huelga, y nada hacía avizorar una solución esa noche. Además, habían anunciado atentados contra turistas. Conociendo esta información, ya casi a la medianoche, hicimos una pequeña asamblea en el andén de la estación, protegiendo nuestras pertenencias haciendo un círculo alrededor de ellas, y tratando de mantener siempre la calma.

Ahmed, el guía, visiblemente nervioso, siempre estuvo bien dispuesto a cooperar. Y lo mismo el encargado de la agencia. De todos modos, evaluamos varias posibilidades. Algunos querían irse a Turquía, y otros a Luxor en ómnibus. La primer opción estaba vedada por la imposibilidad de conseguir treinta vuelos de un día para el otro; la segunda estaba desaconsejada por la policía, quien decididamente recomendó no viajar a turistas por la noche por miedo a los atentados.

La preocupación era difícil de ocultar. Era una situación tensa, y compleja. Una de las chicas me preguntó, con cara de súplica, por qué no nos íbamos. Y no pude responderle más que la cruda verdad: no teníamos a dónde. Sin embargo, gracias a la cooperación y buena voluntad del encargado de la agencia, poco después de la medianoche, teníamos un ómnibus esperándonos en la estación, y nuevas reservaciones en un hotel de El Cairo. Al menos esa noche podríamos pasarla seguros. A la mañana siguiente veríamos qué hacer.

El ómnibus, acompañado por una patrulla, nos llevó hasta un hotel muy céntrico, escoltado por hombres armados, y equipado con detector de metales y muros exteriores. Esa noche, a través de internet, nos enteraríamos que además de los hechos de la estación, había explotado una bomba en un gasoducto cercano. La inestabilidad social se mantenía. Al día siguiente, la plaza El Tahrir nuevamente sería protagonista de hechos de violencia callejera, quemas de neumáticos, y otros desmanes.

Nos olvidamos por la vía de los hechos de la ida a Luxor. También de adelantar el vuelo a Estambul. Pero a pesar de ello, pudimos hacer algo que ningún otro grupo antes hizo: nuestro plan B fue, contrariamente a seguir la ruta de los desmanes, un viaje hacia el norte, hacia Alejandría, donde descubrimos una ciudad maravillosa, tranquila, y por primera vez en este viaje, vimos el azul profundo del Mediterráneo.

El Plan B no estaba en carpeta. Pero gracias a que siempre el grupo mantuvo la calma, pudo llevarse a cabo y con gran éxito. La biblioteca de Alejandría, el faro, las mezquitas y el pasado grecorromano de una ciudad apacible nos hicieron olvidar el mal rato de la estación de El Cairo.

Es claro que una cosa no compensa la otra. Sin embargo, hay que destacar la madurez del grupo humano, ya que gracias a esa cualidad, el plan B pudo resultar un éxito.

 

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El penúltimo viaje. Despedida del Viaje de Arquitectura.

El penúltimo viaje. Despedida del Viaje de Arquitectura.

(Tiempo de lectura: 90 segundos).

 

Es sábado 6 de Agosto y salgo muy temprano de París. Tengo que llegar a tiempo al Charles de Gaulle, y sin desayunar tomo el primer metro de la mañana, a las 5.30 hs. Acto seguido, me subo al primer RER B directo al aeropuerto. Sobre la hora, y aunque aun no ha salido el sol, llego a abordar el vuelo de EasyJet que me llevará a Madrid.

Casi sin darme cuenta, han pasado cincuenta y cuatro días desde aquella mañana de Tokyo cuando partimos de la estación de Asakusa rumbo al Haneda Airport, prácticamente sin conocernos aun, con Beijing como primer destino.

El viaje comienza y termina de la misma manera, pienso. Un vuelo en la madrugada; el cansancio del traslado; las ganas de llegar. Sin embargo, hay algo distinto. Algo que hace que entre aquel primer vuelo y este último todo sea diferente.

Cincuenta y cuatro días no son una vida, de eso no hay dudas. Pero pueden tener la intensidad suficiente para hacerse inolvidables. Mientras hago el check-in, pienso en la salida de Tokyo, el smog de Beijing, las recorridas de Shanghai, los olores de Hong Kong, la paz del Río Kwai, la ida a Chandigarh, la subida al Burk-Khalifa, las stupas de Kathmandú, las aguas del Ganges, los minaretes de Estambul, las pirámides de Giza, y los picnics en los Campos de Marte. Muchas imágenes vienen y se van, materializándose y desvaneciéndose entre el sueño y los trámites de embarque.

Somos aquello en lo que creemos. Tal vez por eso, el último viaje nunca puede ser sino el penúltimo. Porque nunca se termina de viajar. El viaje, que habrá ganado la V mayúscula para el mes de diciembre, será recordado y revivido tantas veces como sea posible. Por ustedes, por nosotros, y por todos aquellos que un modo u otro fueron y son partícipes del mismo, siguiéndolo por la web, mails, fotos, blogs, etc. Porque de un modo u otro, hemos viajado todos juntos.

Ya estoy en vuelo. Atrás queda París, y adelante el próximo destino. Quiero agradecer a toda la gen 2004 por la oportunidad de acompañarlos en estos cincuenta y cuatro días de una de las experiencias más importantes de sus vidas. Seguiré viajando con uds. desde la distancia y, ¿quién sabe?, tal vez en uno de nuestros penúltimos viajes, volvamos a encontrarnos.

Ayer, mientras levantábamos las camionetas, alguien me pregunta por la siguiente etapa. Ahora comienza lo mejor, le respondo. Me mira con cierta incredulidad, pero con gran esperanza. Y como sostiene Nietzsche, la esperanza es un estimulante vital mucho más poderoso que la suerte. Es por eso que el último viaje no puede ni debe existir. Siempre, será el penúltimo.

Hasta siempre, viajer@s. Lo mejor está por llegar!

Cordialmente,
Efe.

 

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Karma | Regreso al paraíso perdido

(Tiempo de lectura: 180 segundos)

 

Dos veces llegué a Tailandia y dos veces me fui de ella. Reminiscencias inevitables del primer arribo se hicieron presentes en mi mente desde el día mismo de la partida de Hong Kong. ¿Cómo es la segunda llegada a un mismo destino, nueve años después, cuando no se es el mismo? Ayuda descubrir que tampoco Tailandia es la que conocí en 2002, sino que es otra, un país diferente, aunque con el mismo encanto y poder de seducción.

2011

One night in Bangkok makes a hard man humble

Not much between despair and ecstasy (1)

Suena el ipod. Descendemos en el aeropuerto de Bangkok. Es la obra BGK-001, les digo a los primeros, pero en este momento solo importa llegar al hotel. Se siente la ansiedad y la curiosidad del grupo. Ya en el ómnibus, subo el volumen, y no puedo dejar de mirar. No puedo dejar de intentar capturarlo todo. No puedo dejar de ser un voyeur.

En Bangkok se respira un aire denso, cargado, nutrido de los vahos de la noche y los inciensos del día; magia inextricable de la metafísica budista que se entremezcla con las más antiguas tradiciones thai y con los vapores del vicio y la noche artificial y obscena. El aire de Bangkok es pesado, denso, pero a la vez rico y mágico. La noche es el centro. La noche es el cénit y la apoteosis de la magia urbana. El templo del vicio. Ese punto donde el infierno y el paraíso se unen, y muestran que quizás no son más que dos aspectos de la misma cosa.

One night in Bangkok and the tough guys tumble

Can’t be too careful with your company

I can feel the devil walking next to me (2)

Cada viajero porta su karma. Miles de backpackers recorren las calles en busca de sus más oscuras perversiones. Las malas acciones de vidas pasadas se pagan en esta. Y las buenas, se premian. Es indistinto si lo que se encuentra es el fruto de un buen o mal karma. Simple manifestación volitiva del instinto. Infame recreación urbana, mezcla de Edén y Babilonia, que alberga las ilusiones más puras, las realidades más mezquinas y las miserias más hondas.

Cuando me fui la primera vez, no pensaba realmente en volver. Ignorando la ley del karma, supuse que ya había encontrado lo que había ido a buscar; que había hallado mi Aleph.

Hey, Hey, Hey, Woman, it’s alright.

Hey, Hey, Hey, Woman, it’s alright (3)

Partimos hacia el río Kwai, uno de los paraísos perdidos de la tierra; punto energético, centro geomántico, joya perdida dentro de los confines del mundo. La música sigue sonando.

In my dreams I’m dying all the time

When I wake its kaleidoscopic mind (4)

La búsqueda continúa. Los fragmentos de lo que fue se recomponen. Se arma el rompecabezas, y las formas cobran vida otra vez. El Aleph recobra su sentido. Nada es igual, pero nada es tan distinto. Es incluso mejor. Y no hay mayor placer que descubrir tras el velo de los años, la misma serena perfección. La misma virtud. El mismo afán, templado por los años. Macerado por la vida. Domeñado por el paso del tiempo.

Fueron apenas cinco días. Pero alcanzaron para desafiar al destino, y remontar una lejana ilusión.

 

2002

I never meant to hurt you

I never meant to lie (5)

Río Kwai. Hotel flotante. Alguien sostiene que deberíamos quedarnos más tiempo en Tailandia. Otra persona rebate. Es prácticamente imposible volver acá, dice. , aprueban varios. El sentimiento general es de resignación y tristeza. Nadie quiere abandonar el paraíso perdido. Sin embargo, nos subimos a las lanchas y luego a los ómnibus. La vida debe continuar. El viaje mueve un nuevo casillero.

Esuchando a Moby, alguien me dice resignado, despedite, acá no se vuelve jamás. Racionalmente, pensé lo mismo. Pero aun a pesar de eso, respondí que el futuro no estaba escrito.

Y no me equivoqué. Finalmente, pude unir los fragmentos esparcidos de porcelana, y reencontrarme allí donde había dejado una parte lo que fui nueve años atrás.

So this is goodbye

This is goodbye (6)

 

 

(1) (2) “One night in Bangkok”, Murray Head.

(3) (4) (5) (6) “Porcelain”, Moby.


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Maya, la ilusión

Una de las máximas preocupaciones de las religiones occidentales más difundidas, es la referente a la vida después de la muerte. La promesa celestial de una recompensa bien ganada luego de una vida de rectitud, decencia y adaptación plena a una moral adoptada y aceptada como verdadera, que sella el pasaje a un mundo de los cielos. Sin embargo, tanto o más lícito como plantearse si hay una vida después de la muerte, lo es cuestionarse sobre si hay una vida antes de ésta. En rigor, ningún ser humano es capaz de recordar su propio origen. Vivimos una vida surgida de las narraciones hechas por otros, de imágenes creadas por los demás, y de documentos generados por terceros. Nuestro origen parece ser cierto para todos menos para nosotros, quienes, carentes de conciencia en el momento de nuestro nacimiento, somos incapaces de recordar el instante. ¿Qué nos impide pensar, pues, que la existencia misma es apenas una ilusión, donde tanto el yo como el entorno en el que está inmerso, son un juego de apariencias? ¿Es la muerte el fin de ese juego? ¿O es la posibilidad de un nuevo comienzo, y al mismo tiempo, de una nueva ilusión? El transcurrir del samsara, y las incontables reencarnaciones que reproducen un ciclo interminable. El budismo, la religión más extendida del planeta, es, en sí, una negación del Yo. Apela a una ley moral universal, que no es impartida sino por el Universo mismo. La ley del karma juzga los actos y comportamientos, de modo que la justa recompensa o castigo será la próxima reencarnación. No es la vida después de la muerte, sino la vida después de la vida, con las gratitudes o tormentos que el karma determine. La bondad es premiada con una vida mejor, mientra que el sufrimiento y la desdicha son es el colofón punitivo de una mala vida previa. La sucesión de “vidas” en el budismo no son una promesa de algo mejor, son meras etapas de un ciclo que termina -o debería terminar- con la iluminación o nirvana. El mundo como lo percibimos es solo una ilusión. Compartida o personal. Una recreación fáctica de una realidad imaginada. Solo la iluminación del conocimiento puede sarlvarnos del eterno ciclo de reencarnaciones. ¿Es la muerte entonces la recompensa de la o las vidas vividas? ¿O tal vez debamos interpretar que la recompensa de la vida es, en sí, una vida bien vivida, al decir de Siddharta Gautama, por el sendero medio, donde alcanzar el conocimiento sea la meta, y la muerte sencillamente el epílogo de la misma? Escrito con pluma de vate, dando un remate atinado y sobre todo real a un ciclo inevitable, el final de la vida se presenta, lejos de ser una experiencia terrible, como una liberación ansiada del espíritu. No promete recompensas celestiales, pero sí un justo y merecido descanso. Este dharma, esta conducta asimilada, forma parte de la religión más extendida de Oriente, y sin dudas debe ser tratada con el máximo respeto. Con ella nos enfrentaremos -¿lo haremos realmente?- en las próximas semanas. Maya, la ilusión.

 

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